El protagonismo tecnológico del “mosquito”

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Para entender hacia dónde va el agro, hay que pararse un rato en el galpón, ese refugio de fierros y grasa sobre la ruta. Al conversar con Carlos Favarón y sus años de recorrer lotes, explica que la tecnología no llega al campo por una moda sino como un reflejo de defensa ante las crisis económicas y los caprichos del clima. No es una opción de lujo; es el ingenio agudizado por la necesidad de no quedar fuera del sistema.

También, desde su empresa de servicios de pulverización, hace ver que existe una diferencia entre la promesa comercial y la realidad del surco; un abismo que solo la experiencia puede llenar. Su terreno de acción es el Noreste de Argentina y Paraguay. También ha incursionado en Brasil, ampliando sus conocimientos en materia de aplicación selectiva.

Este tipo de pulverización en Argentina no nació en un laboratorio; sino en la depresión económica de 2014-2015. A la vez un contexto agronómico de fuerte presión por la aparición de un brote de malezas muy resistentes que, con dosis de marbete los fitosanitarios no podían controlar. Bajo retenciones asfixiantes y los precios de commodities por el suelo, era más caro llevar el maíz a Rosario que lo que valía el grano en el campo. Dejar el cereal en el lote era una posibilidad cierta. En ese contexto, el ingenio se volvió la única moneda de cambio”, explica.

Recuerda experiencias, como el caso en un campo de 1.800 hectáreas enfrentando malezas “que se reían de las dosis tradicionales” y la solución obligaba a aumentar las dosis de aplicación. Aquí es donde se cae el mito del escritorio y se aprecia la reducción del impacto ambiental. “El ahorro de insumos llegó hasta un 70% del tanque en una sola pasada, con pulverización selectiva. Por eso, siempre digo que nunca el Excel es real”, afirma. El ahorro proyectado en una planilla es un dibujo; la realidad es la heterogeneidad del lote y la capacidad del operario para ajustar la sensibilidad sobre la marcha.

La verdadera innovación es la que se hace “a pedido” del usuario. La experiencia de su empresa es lo que ha traído una innovación. El equipo de doble tanque surgió por un bloqueo técnico insalvable: “No podés aplicar preemergentes con un sistema selectivo convencional. ¿Por qué? Porque el sensor, al detectar la maleza, dispara una dosis que suele ser cinco veces superior a la normal. Si hacés eso con un preemergente, directamente matás el cultivo que todavía no fue implantado”.

De esa necesidad de aplicar un residual en cobertura total y, simultáneamente, un aumento de dosis para lo que ya nació, surgió el concepto que luego una firma industrializó bajo el nombre de “Dupla“. Es la respuesta a la incompatibilidad de caldos: separar las líneas para que los productos no se “corten” o pierdan poder, permitiendo dos estrategias radicalmente distintas en una sola pasada del mosquito.

Las tres generaciones de selectividad

La evolución de los sensores ha recorrido un camino largo, pero no toda es apta para un operario donde una jornada laboral puede resultar tediosa arriba de la máquina. Según Carlos Favarón, la pulverización selectiva se divide en tres generaciones principales, diferenciadas en sus rangos de detección que utilizan.

Primera Generación (Detección por Colores): Representada por equipos como el WEEDSeeker Uno, que dispara a todo lo que sea verde. Su principal limitación se da a la salida o puesta del sol. Es muy sensible a los cambios en la reflectancia de la luz solar; la máquina puede “encandilarse” o no reconocer los colores adecuadamente, lo que obliga al operario a realizar calibraciones permanentes.

Segunda Generación (Detección por Clorofila): En esta etapa se encuentran equipos como el WEEDIT, que detectan la clorofila en lugar de solo colores. En este sentido es mucho más robusta y sencilla para el operario, ya que no requiere calibraciones constantes por cambios de luz. El usuario solo debe regular la sensibilidad para reconocer malezas más grandes o chicas. Como también, el tamaño del “mosaico” sobre el que se ajusta al aplicar en la distancia de disparo antes y después de la maleza.

Tercera Generación (Bifurcación Tecnológica): En esta fase, los caminos se dividen en dos vertientes principales:

Reconocimiento por Cámaras e Inteligencia Artificial: Utilizan software y cámaras que detectan formas. Esto permite que el equipo identifique el cultivo -soja, maíz o algodón- y le dispare a todo lo que no sea dicho cultivo, permitiendo aplicaciones selectivas incluso con el cultivo ya nacido; verde sobre verde. Diversas empresas trabajan en estas líneas.

Sensores Avanzados de clorofila (Análisis Nutricional e Insectos): Esta rama profundiza en el uso de sensores para analizar los índices de clorofila y determinar el nivel nutricional del cultivo, permitiendo realizar fertilización variable. También se están desarrollando capacidades para detectar insectos a través de la refractancia de rayos infrarrojos y sombras.

Favarón destaca que, mientras que las cámaras ofrecen un gran potencial para reconocer formas, pero todavía enfrentan desafíos con la luz solar en ciertos horarios, mientras que los sensores de clorofila son más confiables para trabajar de día o de noche sin inconvenientes.

Mi máxima es simple: el operario no puede ser un director de cine. No puede estar ajustando contrastes y luces a diversos horarios por la incidencia de luz. La tecnología debe ser una herramienta invisible, aliada; no una carga extra para alguien que ya tiene suficiente responsabilidad y cuidado con costosos equipos”.

Las cualidades están mejorando: ya no solo buscan controlar malezas, sino analizar la nutrición mediante índices de clorofila, como también detectar insectos. Sin embargo, la adopción tiene una lógica económica implacable. No tiene sentido invertir para una aplicación de insecticida en maíz con costos superadores por hectárea; pero es una revolución cuando se aplica un fertilizante foliar más caro -como sucede con el algodón- y se logra un ahorro del 50%.

El futuro sigue desafiando la agudeza del ingenio local para mejorar márgenes económicos que quedan en el galpón, que es donde realmente se gana la campaña.

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