Elecciones bajo señales contrapuestas: economía y política

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En Argentina, las elecciones legislativas siempre dicen más de lo que parecen. Aunque oficialmente sirven para renovar parte del Congreso, en la práctica suelen funcionar como un plebiscito sobre la gestión de turno. Este año no es la excepción: los comicios de medio término encuentran al gobierno de Javier Milei ante un doble desafío —sostener la estabilidad económica y mantener el respaldo político— en un contexto de recuperación frágil y expectativas cruzadas.

En esta nota, el movimiento CREA, analiza en un informe dado a la prensa, la actividad económica, las variables financieras, las cuentas fiscales y los indicadores sociales de las últimas 5 elecciones de medio término.

El resultado de las elecciones provinciales, en especial en Buenos Aires, encendió luces amarillas dentro del oficialismo. Allí, el retroceso en el voto puso en duda la performance nacional para octubre y reavivó tensiones en el mercado cambiario. No obstante, la Casa Rosada confía en que podrá compensar con mejores resultados en otras regiones, fortaleciendo su bancada para encarar los dos años que restan de mandato con más músculo político y legislativo.

El Gobierno llega a las elecciones con una economía que muestra signos de recuperación, aunque con un nuevo perfil productivo. Según los índices de actividad promedio hasta agosto, el nivel general alcanzó los 150 puntos (base 2004 = 100), una cifra comparable con los mejores años de la década pasada. Pero el crecimiento ya no está traccionado por la industria —clave en Buenos Aires—, sino por la energía y la minería.

El viraje no es menor: el Ejecutivo busca cimentar un modelo de expansión basado en sectores exportadores, con el Régimen de Inversiones (RIGI) como emblema, que ya aprobó proyectos por más de 15 mil millones de dólares. Sin embargo, ese cambio también genera tensiones. Las importaciones reaccionaron rápido a la apertura comercial (+30% en 2025), mientras que las exportaciones avanzan más lentamente, algo previsible en inversiones que requieren años de maduración.

Esa asimetría repercute en el empleo y en la competitividad de sectores industriales, que deben adaptarse o quedar fuera de juego. “El proceso de reconversión siempre tiene un costo social”, reconocen en despachos oficiales, conscientes de que la transición no se traduce inmediatamente en bienestar.

La estabilidad del dólar fue uno de los pilares del plan económico. Pero desde abril la divisa comenzó a moverse (+38%), en parte por la necesidad de corregir el atraso cambiario y recomponer la competitividad. El saldo comercial mejoró —superávit de 1.400 millones en agosto—, aunque las reservas netas continúan bajas y el riesgo país volvió a superar los 1.000 puntos.

El diagnóstico es conocido: desde la salida de la convertibilidad, Argentina tiende a atrasar el tipo de cambio en años electorales para cuidar el poder adquisitivo y a devaluar en los pares. Este 2025 rompió esa tradición, con un dólar que gana terreno aun en plena campaña. El problema es que la pérdida de reservas y la incertidumbre política restan confianza a los inversores. En el equipo económico admiten que será clave revertir esa tendencia para sostener el esquema cambiario sin sobresaltos.

La mejora macroeconómica todavía no se traduce en los bolsillos. Los salarios y jubilaciones reales permanecen por debajo de las cinco elecciones legislativas previas, y eso pesa en el ánimo social. Sin embargo, hay algunos matices: la baja de la inflación y la reactivación del crédito ayudaron a sostener el consumo (+10% interanual en el segundo trimestre).

El índice de pobreza, que había trepado al 52,9% en el primer semestre de 2024, retrocedió hasta el 31,6%. Es una mejora significativa, aunque los analistas advierten que responde sobre todo al alivio de precios y a una suba de ingresos que podría no ser sostenible. Aun así, el Gobierno celebra el dato como prueba de que la estabilización comienza a rendir frutos.

Uno de los mayores logros del Ejecutivo fue quebrar la inercia inflacionaria. Tras el 211% anual heredado en 2023, la inflación acumulada hasta septiembre de este año ronda el 22%. El mérito no vino gratis: el superávit fiscal primario (1,4%) se logró gracias a un ajuste severo del gasto público, que incluyó recortes en jubilaciones y transferencias.

Lo singular es que este equilibrio se mantuvo en pleno año electoral, cuando la historia argentina suele mostrar el camino inverso: expansión del gasto para ganar votos, seguida por inflación. En ese sentido, Milei desafió el manual clásico y, al menos por ahora, logró sostenerlo sin sobresaltos financieros.

El repaso de elecciones anteriores ofrece una conclusión inquietante: la economía influye, pero no garantiza victorias. En 2013, con altos niveles de actividad y buenos indicadores sociales, el oficialismo perdió. En 2009, el kirchnerismo fue derrotado, pero se recuperó y ganó en 2011. En 2017, Cambiemos arrasó, pero no logró la reelección.

La historia argentina reciente muestra que una buena elección de medio término no asegura continuidad, y una mala elección no implica necesariamente el final. Lo que sí determina, en todos los casos, es el margen de maniobra para gobernar y la capacidad de sostener un rumbo económico sin sobresaltos políticos.

Para Milei, la apuesta es clara: fortalecer el Congreso y blindar la gobernabilidad para avanzar con las reformas estructurales —tributaria, laboral y previsional— que su programa considera indispensables para consolidar el crecimiento. Pero las condiciones políticas no son sencillas. La fragmentación legislativa y la falta de aliados sólidos obligan al Ejecutivo a negociar caso por caso, lo que podría frenar la velocidad de sus cambios.

En paralelo, el mundo observa. Las tasas internacionales estables, la demanda global de energía y minerales, y el renovado interés por América Latina ofrecen oportunidades que el país podría aprovechar si logra estabilizar su frente interno.

La gran pregunta es si la sociedad argentina, golpeada por años de vaivenes, acompañará este nuevo intento de reordenamiento. El Gobierno apuesta a que la baja de la inflación y la reactivación de algunos sectores alcancen para sostener el respaldo. La oposición, a que el bolsillo —y el malhumor social— digan lo contrario.

Cada elección legislativa argentina es una foto del presente y un anticipo del rumbo. Este año, más que nunca, el voto será una evaluación sobre el cambio prometido por Milei: si la estabilización económica justifica los sacrificios o si la paciencia social se agota antes de que lleguen los resultados visibles.

Con una economía que empieza a reaccionar, pero con salarios todavía rezagados, el desenlace de octubre podría marcar mucho más que la composición del Congreso. Podría definir si el país apuesta por profundizar el ajuste o si, una vez más, vuelve a cambiar de camino.

En la Argentina, después de todo, cada elección de medio término parece ser algo más que una elección: es un test de fe sobre el futuro.

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